Opinion
¿Para qué sirve la poesía?
Por Néstor Estévez
Acaba de celebrarse el Día Mundial de la Poesía. Para la ocasión, un dilecto amigo que se ha ganado el mote de El Poeta Mayor me invitó a un recital que ya lleva su octava versión. Pero el clima parecía oponerse a que yo correspondiera.
Desde el día anterior, la lluvia solo recesó por escasos minutos. Los caminos se volvieron lodo y todo apuntaba a la suspensión de la actividad. Sin embargo, ocurrió lo anhelado: la gente llegó, el encuentro se realizó y la poesía habló. La experiencia me generó una pregunta clave: ¿para qué sirve la poesía?
La respuesta rápida —y equivocada— sería que para poco. En una época dominada por la productividad, los indicadores y la urgencia, la poesía parece algo prescindible. No produce bienes materiales, no acelera procesos, no resuelve problemas inmediatos. Pero esa mirada ignora algo esencial: sin poesía —sin lo simbólico— no hay sociedad posible.
Yuval Noah Harari lo explica con claridad en Sapiens: lo que distingue al ser humano no es solo su capacidad de transmitir información sobre el mundo real, sino su habilidad para hablar de lo que no existe. Mitos, dioses, naciones, derechos. Ficcionamos. Y, más importante aún, creemos colectivamente en esas ficciones.
La poesía sirve, en primer lugar, para sostener esa capacidad de imaginar juntos. No es un adorno del lenguaje, es su expresión más libre y profunda. Es el territorio donde las palabras dejan de describir únicamente lo tangible para crear sentido. Y sin sentido compartido, no hay comunidad.
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Lo que ocurrió en La Guama, comunidad rural de Santiago Rodríguez, lo confirma. A pesar de la lluvia, la gente decidió reunirse alrededor de la palabra. Escuchar, nombrar, reconocerse. Ese acto, que podría parecer simple, es en realidad profundamente político. No en el sentido partidario, sino en el más esencial: construir un espacio donde circulan significados comunes.
Harari advierte que gracias a esa capacidad de crear ficciones compartidas, los sapiens pudieron cooperar en grandes grupos. No solo por la fuerza o el parentesco, sino por la creencia en relatos comunes. La poesía forma parte de ese tejido invisible que permite que una comunidad exista más allá de la supervivencia. Sirve, entonces, para algo decisivo: cohesionar.
En el recital Voces en Vuelo sobre Melopea del Riachuelo, la poesía dejó de ser un ejercicio individual. No era solo quien escribía o declamaba, sino quienes escuchaban, asentían, reían o guardaban silencio. La palabra se volvía experiencia compartida. Y en ese proceso, la comunidad se reconocía a sí misma. Eso resulta determinante en un mundo fragmentado.
Zygmunt Bauman hablaba de la fragilidad de los vínculos en la modernidad líquida. Todo cambia, todo fluye, todo se disuelve. La poesía, en cambio, actúa como ancla. Fija momentos, condensa emociones, crea memoria. Permite que algo permanezca cuando todo lo demás parece efímero.
Pero su función no termina ahí. La poesía también sirve para ampliar la experiencia humana. Edgar Morin recuerda que no vivimos solo en un mundo material, sino en un universo de significados. La poesía expande ese universo. Nos permite ver más allá de lo evidente, nombrar lo que aún no tiene nombre, explorar lo que no es inmediatamente útil pero sí profundamente necesario.
En términos de desarrollo humano, esto tiene implicaciones concretas. Amartya Sen insistía en que el desarrollo consiste en ampliar las capacidades humanas. Entre ellas, la de imaginar, crear, participar en la vida cultural. Una comunidad que cultiva la poesía no solo produce versos: fortalece su libertad.
Lo que viví en la celebración del Día Mundial de la Poesía fue exactamente eso. No solo un recital, sino una comunidad ejerciendo su capacidad de imaginarse a sí misma. De narrarse. De afirmarse en medio de la incertidumbre, incluso bajo la lluvia.
Eso me hizo pensar que la poesía sirve para resistir. Cuando todo empuja hacia lo inmediato, lo utilitario, lo rentable, detenerse a escuchar un poema es un acto de resistencia cultural. Ella ayuda para evitar que la sociedad deje de cultivar lo simbólico y pierda, poco a poco, su capacidad de cooperar, proyectarse y construir futuro.
Esa noche en Santiago Rodríguez, la poesía no detuvo la lluvia, pero permitió compartirla en comunidad. Y eso, en tiempos como estos, no solo sirve. Es imprescindible.
Néstor Estévez.
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«El éxito no es definitivo, el fracaso no es fatídico. Lo que cuenta es el valor para continuar». Churchill.



















