Opinion
La tensión entre la represión policial y los Derechos Humanos.
Por Carlos Julio Féliz Vidal.
Un sistema que no concilia el «orden y la libertad» termina haciendo un «colapso institucional».
La cultura represiva de la Policía Nacional, bajo esquemas de «intercambio de disparo», mecanismos de extorsión o «brutalidad» en el manejo de conflictos, empaña la amplia carta de Derechos Fundamentales consagrada en la Constitución dominicana y los múltiples tratados de Derechos Humanos ratificados por el país.
El orden público demanda de «energía» para mantenerse y parte de esa energía debe provenir de una policía bien entrenada para la prevención del delito y el tratamiento del delincuente.
Los métodos para «trabajar» con el ciudadano común, en aras de conservar la paz pública, el respeto a normas de circulación, convivencia municipal, prevención o salvamento, armonía con el ambiente, no se imponen con la fuerza de una macana o con la velocidad de un gatillo alegra. Esos métodos descansan en algunas variables simples: comunicación efectiva, negociación persuasiva y dignidad en el trato.
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La autoridad del agente no depende sólo de un símbolo (uniforme, medalla, o rango), está ligada a la confianza que genera en las estructuras sociales, al valor que le reconoce el público, a su valía personal, a la transparencia de su accionar, a la vocación, compasión y compromiso con que asume sus tareas.
La población que tiene motivos para reconocer a sus policías, es la principal fuente de su legitimación social.
Entre policías y pueblo tiene que haber lazos recíprocos de apoyo, si se quiere avanzar tanto en el orden social como en el respeto a los Derechos Humanos.
La formación del policía no puede seguir descansando en prácticas represivas. Las reformas no se hacen al margen de la educación, del cambio de estructuras contaminadas por hábitos prolongados y sostenidos de maltrato, tanto a lo interno del cuerpo como a lo externo.
Una reforma policial es crucial para mejorar lo que somos como Nación, y ella requiere de voluntad política y de conciencia ciudadana para poder «construir el perfil más adecuado» a las exigencias normativas (Constitucional y Legal) y la complejidad social del pueblo dominicano.
El sistema avanza en la «creación de cárceles modelos» pero involuciona en el «modelo de policía» y en el modelo de ciudadano que formamos.
La transformación tiene que tocar la cultura y los valores. Los policías que tenemos surgen del seno mismo del pueblo dominicano, de ahí que tengamos que revisar la propia tendencia del pueblo a la violencia, al crimen, a la corrupción y al irrespeto al derecho de otros, para comprender que policía tenemos y que ciudadano estamos formando.
Los cambios a la Policía deben conducir a cambios en la ciudadanía. Los pueblos son como ríos, sus aguas pueden ser «canalizadas» con una visión integral, con voluntad política y compromisos serios.























