Opinion
El fanatismo carcoe la razón.
Carlos Julio Feliz Vidal
La política y la religión pueden dar lugar al fanatismo en un sentido diferente al deporte.
Es más razonable el fanatismo deportivo que el político y el religioso. La pasión por el deporte reconoce el buen desempeño del contrario, valora su virtud y cuando sus logros son extraordinarios es capaz de aplaudirlos.
El fanatismo religioso no admite otra verdad que aquella que defiende. El fanatismo político puede llegar a aborrecer, perseguir y degradar al adversario.
Ser seguidor de un equipo deportivo, feligrés de un credo religioso o miembro de un partido político no implica ser fanático en el sentido de asumir defensas irraccionales y actuar movido sólo por emociones.
El fanatismo peligroso es el que no deja espacio a la razón, irrespeta a los contrarios y es incapaz de criticar constructivamente el accionar de la organización a la que se está afiliado.
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El fanatismo no es necesariamente lealtad; el fanatismo puede ser rendición, seguimiento ciego, complacencia esclavizante.
Cuidar la razón, no negarse a pensar críticamente, colocar la dignidad humana por encima de las simpatías son los
antídotos al fanatismo extremo, que carcoe la claridad de juicio y compromete la convivencia pacífica.















