Los tres golpes de Tilín

Los tres golpes de Tilín

Eduardo García Michel

Ahora lo que procede es asegurar el distanciamiento físico, lavado de manos, uso de mascarillas, mediante campañas de orientación y persuasión. Mantener abastecido al sistema sanitario y disponer de pruebas de control suficientes.

En Cutupú, paraje situado entre La Vega y Moca, existía en la década del 60 un negocio que fabricaba un producto para eliminar los parásitos, denominado “Los tres golpes de Tilín”, porque se tomaba en tres aplicaciones.

El país se encuentra al borde de recibir los tres golpes. No curativos, como los de Tilín, sino letales: sanitario, económico, político.

Por separado, son de altísimo peligro. En conjunto, propiciadores del averno social y la dilución institucional.

El remedio que se aplique para contrarrestar cualquiera de esas amenazas, no debería ser peor que la enfermedad. Hay que actuar con sentido de proporción y equilibrio, sin sobrepasarse ni quedarse corto.

En la región del Caribe la pandemia no ha alcanzado cotas altas, como lo demuestran las cifras de contagios, utilización de salas de cuidados intensivos y fallecimientos. El calor parece haber atemperado la letalidad del virus.

En las circunstancias actuales la gente sale a la calle con normalidad durante el día; se junta, va a los supermercados, bancos, adonde quiera ir.

Ahora lo que procede es asegurar el distanciamiento físico, lavado de manos, uso de mascarillas, mediante campañas de orientación y persuasión. Mantener abastecido al sistema sanitario y disponer de pruebas de control suficientes.

Seguir con los medianos y pequeños negocios cerrados, mientras los grandes se mantienen funcionando por la puerta de atrás, incita al desafío al Estado. A la gente no se le puede exigir que contemple, impasible, tratos asimétricos, cuando su familia reclama satisfacción urgente de necesidades básicas.

Además, la paralización de buena parte de la producción y el empleo encamina al Estado a la quiebra, por caída abrupta de los ingresos y aumento de los gastos.

Prolongar estas condiciones conduce al descalabro económico, social y político.

Exponer a la ciudadanía a riesgos sanitarios menores, ahorraría más vidas que someterla a la asfixia económica, el estallido y descomposición política.

No es imaginable que pudiere haber fuerzas políticas que tuvieran interés en asestar golpes tan mortales a su propia gente. Más bien pudiera haber temor a equivocarse, lo cual es entendible.

Aun así, no es descartable que haya uno que otro ofuscado haciendo cálculos en busca de cuotas de poder, sin reparar en que cualquier error de estimación arrastraría a la sociedad al caos.

Las autoridades no deberían seguir dejando que transcurra el crono con objeto de ver qué sucede, para luego tener que adoptar medidas apresuradas e improvisadas, con el destino de la sociedad colgando al borde del precipicio, sujetado por un frágil hilo.

Estamos a apenas semanas de las elecciones generales.

La vigencia del estado de emergencia relega los derechos ciudadanos a un plano secundario, lo cual no se aviene con el pleno disfrute de las libertades individuales, indispensable en todo torneo democrático, como el que se avecina.

Hay un grave desajuste en los tiempos. Con la pandemia ralentizada, el actual manejo sanitario y político, más que hacer un bien, como lo hizo en el principio de la crisis, podría convertirse en un elemento perturbador.

Lo aconsejable es autorizar, en breve plazo, la formal apertura de negocios y actividades, en forma progresiva, pero ágil. Y derogar el estado de emergencia.

Eso permitiría desarticular el visible andamiaje montado para condicionar a la opinión pública, por medio de la aparición sistemática y por goteo de fórmulas jurídicas sugeridas para llenar un eventual vacío de poder.

La fórmula para evitar el vacío de poder, válida y legítima, es la celebración de comicios diáfanos, el próximo 5 de julio. La crisis no puede aprovecharse para posponer el torneo con la esperanza de posicionarse mejor.

Solo ante comprobación contrastada de imposibilidad, pudieran considerarse salidas diferentes, sin trabar la preparación en curso.

En algunos países se ha autorizado la celebración de elecciones, a pesar del duro rigor de la pandemia, distinto a la levedad que muestra en el nuestro. En España acaban de permitirse los comicios autonómicos en el país vasco y Galicia.

Urge terminar de armar el proceso de elecciones.

La JCE debería anunciar las medidas que se utilizarán para evitar contagios, y empezar a motivar la participación masiva. Asegurar la imparcialidad y transparencia, evitar el acarreo de personas a los centros, controlar el uso abusivo de los medios de comunicación.

Explicar la forma en que se realizarán las votaciones en el exterior, dada la eventualidad de que en algunos países no permitan la votación presencial.

Ir a votar no tiene por qué resultar más traumático que ir de compras al supermercado. Menos drama y más acción.

Francisco González

Periodistas de la República Dominicana